Los emprendedores son soldados del cambio. Dedican más horas de trabajo a su empresa (56,5 en promedio a la semana) que la enorme mayoría de los empleados del sector privado en el país. Con mucha frecuencia, son solteros o manifiestan que no podrían haber llegado a donde están si hubieran tenido familia o hijos.

Y es que los emprendedores saben que crear una empresa requiere una devoción especial. Aunque la mayoría recibe entre 10 y 50% el valor del sueldo que recibiría en el mercado, persevera. Creen en la causa. Tanto así, que el 52,8% no aceptaría trabajar en otra empresa, ni siquiera si le ofrecieran más del 300% de su sueldo actual:

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Quizás sólo la fe en una causa que trasciende el beneficio personal puede explicar semejante comportamiento. El verdadero emprendedor es un misionero, un abanderado de algo en lo que cree y por cuyo impacto en el mundo vale la pena trabajar más tiempo. Al menos en las primeras etapas, e incluso por menos plata.

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También es posible que, como señala el profesor David Schnarch, el emprendedor entiende que un mejor salario es apenas una motivación cortoplacista, miope, “porque rápidamente se vuelve un elemento más de su vida. A mediano o largo plazo, no va a hacer que trabaje más o que se sienta más motivado con su quehacer”.

Por supuesto, existen múltiples motivaciones, y suele operar un conjunto de ellas: el desarrollo profesional, el reconocimiento social, el deseo de reconocerse a sí mismo como una persona exitosa, ganar dinero. Pero lo cierto es que, independiente de la motivación, el emprendedor es un tipo de empresario que tiene un empeño obsesivo en sacar su proyecto adelante, volverlo una empresa nueva y hacerla crecer.